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Maternidad

Cartas a mi bichito – VII

27 febrero, 2015

Esta carta que escribo hoy, está dividida en dos. Tiene que ser así.

Hola Bonito,

Te escribo primero a ti, que ya te tengo lejos, muy lejos.

Me puso muy triste la noticia que me dio el laboratorio. Habías perdido células en la descongelación y no había muchas esperanzas puestas en ti. Yo proyecté, te lo prometo. Te imaginé desarrollándote, recuperando esas células perdidas y poniéndote a la altura de tu hermano para poder venir conmigo a casa.

Pero cuando llegué al laboratorio el día de la transferencia, me confirmaron que no había sido posible. ¿Y sabes qué? Lo asumí.

Aunque tenía mucha tristeza dentro de mí y muchas esperanzas puestas en ti, supe que lo mejor era que si tenías que pararte, fuera antes de entrar en mi útero, y por eso te quiero dar las gracias. Gracias por no jugar conmigo, por no hacerme creer que tenía alguna posibilidad contigo.

Lo intentamos. Lo intentaste. Era nuestro destino, y el tuyo en concreto era irte con Petri, allá, al inframundo de los embriones. Siempre habrá un huequito en mi corazón para vosotros, no lo dudéis.

Campeón,

Antes de nada quiero pedirte perdón. Perdón porque desde un primer momento en el que me dijeron que eras un embrión de calidad C, resultante de una FIV convencional (no ICSI, como tus hermanos), te menosprecié pensando que eras lo peor que había conseguido.

Y hasta ahora me has dejado con la boca abierta. No solo has conseguido descongelarte con todas las células con las que fuiste vitrificado, sino que además seguiste desarrollándote. Me has dado una buena lección de humildad, y es que no hay que juzgar a nada ni a nadie por su apariencia.

Estoy construyendo, poco a poco, un vínculo que me negaba a crear contigo. Tengo miedo, pero quiero confiar en ti, porque te lo mereces.

Eres mi Campeón, y lo debí intuir el mismo día en el que te puse ese nombre.

Hoy eres un embrión de 8 días, y por tanto, debes estar preparándote para implantarte en mi super endometrio. Y ojalá sea así.

Espero que esta sea la primera de muchas cartas dirigidas a ti, y solo a ti, mi Campeón.

Quédate conmigo, ¡por favor!